Posteado por: rbtwin | 9 junio, 2010

Refuerzo positivo vs castigo

Refuerzo positivo vs castigo

Al igual que los humanos, una de las formas que tienen los perros de aprender es a través de las consecuencias que siguen a su conducta. Un ejemplo sería cuando aprende a sentarse a la orden puesto que recibe una recompensa cada vez que obedece, o cuando aprende que no puede estar en el sofá porque se le riñe por subir.

Quizá debido a que nuestro sistema educativo ha estado basado históricamente en el castigo, la mayoría de la gente lo utiliza para educar a su perro; y ello pese a que existe un gran desconocimiento sobre qué es, cómo aplicarlo y qué consecuencias tiene, por lo que el resultado suele ser desastroso.

Teóricamente, el objeto del castigo es disminuir la probabilidad futura de la emisión de una conducta, bien mediante un estímulo aversivo (castigo positivo), bien mediante la ausencia de un estímulo apetitivo (castigo negativo). Por subirse al sofá, un ejemplo del primero sería gritarle o forzarle a bajar, y del segundo aislarle en otra habitación; siendo el objetivo en ambos casos que deje de subir al sofá en el futuro.

Además, se define por sus consecuencias en vez de por la intención de quien lo aplica, por lo que lo importante es la percepción del animal. Esto tiene importantes repercusiones prácticas ya que castigar a un cachorro, que es muy impresionable y carece de suficientes estrategias para asimilarlo, o a un perro sensible, miedoso o ansioso, puede tener graves consecuencias sobre su carácter y comportamiento futuros. Las formas de castigar son inagotables, aunque las más habituales son gritarle (nombre + “No”), desplazarle o forzarle físicamente, amenazarle con la mano o con objetos (un periódico, una zapatilla, etcétera), aislarle y pegarle.
En general, sus principales consecuencias negativas son una baja autoestima, estrés, miedo y desconfianza. Quien utiliza el castigo, aunque de forma inconsciente la mayoría de las veces, acaba abusando de su uso, y con ello menoscaba el bienestar del animal y genera numerosos problemas de conducta relacionados fundamentalmente con el miedo y la agresividad. Por ello deberíamos plantearnos si su empleo está moralmente justificado. A esto se une que habitualmente no somos coherentes ya que, en función del momento, castigamos o reforzamos una misma acción, con lo que el perro no tiene posibilidad de predecir las consecuencias de su comportamiento y aprender qué nos agrada. Unas veces le acariciamos cuando salta efusivamente porque nos encanta que se alegre tanto de vernos, mientras otras tantas le gritamos o forzamos a bajar para que no nos manche o no moleste a terceras personas; en ocasiones le damos comida de la mesa o le animamos a subir al sofá con nosotros, pero cuando tenemos visita en casa se lo impedimos. O incluso nos molesta que nos mordisquee pero habitualmente le incitamos a jugar con nuestras manos en vez de con sus juguetes. En el paseo manifestamos esa misma incoherencia cuando, estando el perro exaltado, le ponemos el collar y la correa o salimos a la calle, puesto que así no podemos alcanzar nuestro objetivo de pasear con calma. También cuando, para evitar que vaya tirando, unas veces le seguimos con tensión mientras otras le vamos corrigiendo con la correa. De esta forma lo único que conseguiremos es perpetuar la situación. Lo que deberíamos hacer es recompensarle siempre que ande con relajación, y desde luego nunca avanzar con tensión. Desgraciadamente, siempre resolvemos las situaciones problemáticas riñéndole, por lo que, al focalizar nuestra atención en lo negativo, cada vez encontramos más motivos para castigarle. De esta manera, entramos en un círculo vicioso peligroso que deteriora nuestro vínculo con él.

La mayor parte del tiempo la conducta del perro es buena a la vez que incompatible con algún comportamiento que nos gustaría erradicar, como por ejemplo, sentarse para saludarnos en vez de saltar, permanecer en silencio cuando oye un sonido en el exterior en vez de reaccionar ladrando, tumbarse en su camita mientras comemos en vez de pedirnos, etcétera; sin embargo, nunca reforzamos esos comportamientos que nos interesaría fomentar, mientras que los negativos siempre son castigados. Por ello, lo que el perro acaba recibiendo al final del día, todos los días, son sólo correcciones. Sin ánimo de antropomorfizar, imagina que nadie resalta las cosas que haces bien, y por el contrario, todas la veces que te equivocas te dicen que eres un inútil, no sirves para nada, te dan un azote y te niegan algo que te agrada porque no te lo mereces; ¿crecerías como persona?, ¿mejoraría tu comportamiento?. Si centráramos nuestros esfuerzos en premiar las acciones deseables de nuestras mascotas, indirectamente estaríamos haciendo desaparecer las que nos molestan, puesto que los perros sólo mantienen en su repertorio aquellas conductas que les son útiles; y además tendríamos un animal más equilibrado, confiado y alegre.

Cuando necesitemos corregir un comportamiento del perro, tendremos que canalizar la frustración que ello produce reforzando otro alternativo que nos resulte aceptable, logrando así que aprenda nuevas formas de actuar. Por ejemplo, si para quitarle la costumbre de saltar cuando nos saluda o cuando quiere captar nuestra atención le ignoramos siempre que lo hace, deberíamos hacerle caso cada vez que baje.

Además de abusar del castigo, solemos cometer dos tipos de errores. En ocasiones castigamos conductas que en realidad son positivas. En una situación prototípica, suelto al perro, le llamo, pero como tarda en responder, le riño cuando finalmente viene por no hacerlo cuando se lo he pedido, con lo cual cada vez vendrá menos. Otras veces recompensamos comportamientos que en realidad querríamos eliminar, como por ejemplo si acaricio al perro al saltar sobre mí o si le abro la puerta cuando la rasca o ladra para que le deje entrar. Actuando así estaré incentivando que cada vez salte, rasque y ladre más. Por tanto, deberíamos acostumbrarnos a plantearnos los efectos de nuestra intervención sobre la conducta.

La aplicación correcta del castigo precisa cuatro condiciones que casi nunca cumplimos, con lo que, además de injusto y contraproducente, suele resultar ineficaz.
En primer lugar, debe ser un estímulo “punitivo” para el animal, esto es, tiene que resultarle aversivo. Pero la intensidad debe ser la justa. Normalmente, cuando le reñimos, estamos enfadados y alterados por su mala conducta, por lo que solemos excedernos. Esto es especialmente así si atribuimos intencionalidad a su comportamiento. Ello sucede, por ejemplo, si al cogernos unos calcetines o hacer pipí en nuestra ausencia creemos que lo hace a propósito pese a saber que está mal hacerlo, y eso lo creemos porque en otras ocasiones ya le habíamos corregido por ello y porque al entrar en casa vemos que retrocede ante nuestra presencia. Pero en vez de en la conducta, que suele ser tan solo un síntoma, deberíamos centrarnos en su causa, ya que los motivos reales pueden ser muy diversos, como estar ansioso al quedarse solo o ser incapaz de controlar esfínteres. El que retroceda cuando regresamos es sólo porque anticipa una reprimenda.

En segundo lugar, conviene que el estímulo sea “breve”, es decir, que dure un instante; sin embargo solemos perseguirle por todo el pasillo aunque nos evite o no pare de emitir señales de apaciguamiento. Con ello corremos el riesgo de forzar al perro a defenderse de nosotros gruñendo o mordiéndonos cuando finalmente se vea acorralado.
En tercer lugar, es importante que utilicemos un estímulo “no señalado”, pero al ser nosotros quienes aplicamos la corrección directamente, acabamos convirtiéndonos en un estímulo señal que le anticipa dicho castigo. Hay que recordar que el perro no aprende nada sobre lo correcto e incorrecto de una acción, sino sobre las consecuencias que derivan de ella. De hecho, muchos de los comportamientos desagradables o molestos para nosotros son completamente normales en el perro, como olfatear e incluso lamer pipís, comer o revolcarse en excrementos, ladrar ante un sonido extraño, o morder a alguien que perciben como una amenaza.
Por último, el estímulo debería ser “inmediato” a la conducta, ya que una demora de tan solo unos segundos haría que estuviéramos castigando otra cosa. Siempre que, por ejemplo, le aislamos por su mal comportamiento, llegamos muy tarde. Pero no pensemos que si le pillamos in fraganti necesariamente lograremos erradicar la conducta; lo más probable es que la haga en nuestra ausencia, y que aprenda a no emitirla en nuestra presencia para evitar que le castiguemos.

Para intentar superar estas limitaciones se idearon sistemas de castigo indirecto como los collares de ultrasonidos, de descargas eléctricas o de sprays (de aire comprimido o de citronella) que, aunque en algunos casos pueden superar la eficacia de las formas de castigo directas, no evitan los efectos nocivos derivados de su aplicación, que en el caso de algunos perros pueden ser irreversibles.
En definitiva, además de una dudosa justificación moral, el empleo del castigo puede tener consecuencias negativas para el bienestar y el comportamiento futuro del animal, además de una reducida eficacia en el día a día, por lo que nunca deberíamos basar la educación de nuestro perro en él, especialmente en el caso de los cachorros y perros miedosos o sensibles, si no que habría que restringir su uso a una aplicación puntual por un profesional en los casos que lo requieran

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